Desde casa, vende sexo virtual al mundo

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Sólo hace falta una cámara web y buena Internet”, simplifica Violeta (37), quien le quita cualquier carga simbólica a la ocupación que realiza desde hace tres años. “Soy una web camer ”, responde.

La mujer, que vive en el interior de Córdoba, trabaja para páginas de sexo on line para adultos de Estados Unidos, que venden encuentros eróticos virtuales. “Pagar para ver” es la máxima del sistema.

El dinero que gana representa el principal ingreso familiar. De acuerdo con las horas de conexión, puede recaudar entre 50 y 100 dólares diarios.

Según relata, ella aparece como opción activa entre las decenas de mujeres que se exhiben en una página en un catálogo y agrupadas en diferentes categorías: veinteañeras, maduras, asiáticas, latinas, rubias, morenas y transexuales, entre otras clasificaciones menos sutiles. Aunque en menor cantidad, también las páginas ofrecen servicios de hombres.

Violeta permanece en un chat libre sin costo, hasta que un potencial cliente decide pagar por su tiempo, en un show privado, al que sólo una persona por vez puede tener acceso. Ahí comienza el negocio. La teleconferencia puede durar de uno a 30 minutos, según el interés y bolsillo del cliente.

Sólo para la foto

De un baúl saca algunos objetos para la producción fotográfica y revuelve entre corpiños, masajeadores y baby dolls de varios colores. “No trabajo vestida así. Muchas veces ando de remera y short, como cualquier persona. Voy y vengo mientras estoy conectada”, aclara.

No obstante, su baúl contiene elementos que pueden apuntalar alguna fantasía o fetiche de los internautas. “Algunos me suelen pedir que me coloque un delantal y me ponga a limpiar”, dice, por citar un ejemplo.

Reclamos por deseos

“Un día llegué a casa y le dije a mi marido que no trabajaba más. Estaba cansada de tantas horas por poco dinero”, cuenta. Agobiada de su trabajo en un call center , comenzó a buscar alternativas a través de Internet, para hacer desde su casa.

“Me encontré con distintas opciones, desde hacer bolsas de papel hasta trapos de piso. Pero vi un ofrecimiento para trabajar como web camer. No entendía de qué se trataba”, relata.

Al tiempo, ya estrenaba ese trabajo para una página española. “Al principio me resultó chocante. Después pensé: qué lástima que no lo descubrí antes”, ironiza.

Su pareja rechazó la idea al principio, pero ella comenzó a hacerlo sin su aprobación. Luego, terminó dando su acuerdo.

De atender reclamos de usuarios de servicios telefónicos, Violeta pasó a satisfacer deseos sexuales desde Internet.

“Estoy cómoda, no tengo que cumplir horario, no tengo que viajar, no tengo que responder a un jefe, hago las horas que quiero y gano bien”, sentencia.

En el espacio que funciona como oficina, hay una computadora con pantalla de 32 pulgadas y dos cámaras, una para cada una de las páginas donde trabaja.

Violeta comenta que cambió la página española, que “apenas paga 0,16 euros el minuto”, por las de Estados Unidos, cuya remuneración no baja de 1,99 dólar cada 60 segundos.

Aclara que tanto las web camer como los clientes deben ser mayores de 18 años. Y relata un caso de un niño de unos 13 años, que entró a través de la cuenta de su padre y se filtró a los monitoreos que efectúan quienes administran las páginas.

“Tu papá toma clases de idioma conmigo”, dice que le mintió para resguardarlo. Violeta necesita saber inglés.

“No podés hacer más de cinco o seis horas diarias, porque te cansa mentalmente, con gente hablándote y pidiéndote. Uno decide los horarios”, añade. Sus clientes pueden ser de Estados Unidos, Marruecos, Arabia Saudita o Dubai, por citar destinos variables. No acceden usuarios de Argentina.

Violeta cuenta que uno de los principales mercados latinos que provee trabajadoras en estas páginas es Colombia, porque tiene buena conexión a Internet. Luego aparecen Argentina, Panamá y Brasil.

Eso no

La pregunta es casi obvia: ¿es prostitución, más allá de que no haya contacto físico?

“No, porque no te tocan. No es prostitución. Te relacionás con gente que nunca te vas a cruzar en la calle y si bien trabajás para un intermediario porque no te queda otra, no es un proxeneta”, explica.

Y agrega: “No estás obligada a hacer nada que no quieras. Si te oponés a algo, a lo sumo perdés un cliente, pero nada más. Cada uno pone sus límites”.

Su nombre real no es Violeta. Ni su familia ni su entorno más cercano conocen su actividad.

“Mis viejos son grandes, no lo entenderían; además, yo misma tenía prejuicios”, argumenta. Y confiesa que, como marca el sentido común, no es una ocupación para cualquiera.

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