El joven tucumano que logró el milagro de vencer a la leucemia

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Dos años pasaron desde que le diagnosticaron leucemia hasta que finalmente se concretó su trasplante de médula ósea. [two_fifth][/two_fifth]En el medio hubo siete quimioterapias, valores médicos que jugaban al ping pong con su esperanza de curarse, internaciones, recaídas, preguntas, llantos, otra vez la esperanza y un infatigable búsqueda internacional para encontrar un donante de médula ósea. Pasaron dos años, pero Gustavo Narváez sabe que él tuvo la suerte que tiene sólo un paciente cada 40.000 donantes. Con 31 años y cuatro de estar pendiente sólo de su enfermedad, Gustavo no ha perdido el buen humor: “ahora tengo sangre aria y de mujer, tengo dos cromosomas X. Todavía no he notado cambios; tengo el mismo humor de perros que antes”, se ríe.

Contactarse con el donante de médula ósea, cuya sangre atravesó el océano, ingresó a su cuerpo y comenzó a formarle nuevamente las células dañadas, es una de sus ansiedades ahora. Sólo sabe que es mujer y que es alemana, pero deben pasar al menos dos años desde el transplante para revelar el nombre del donante. “Quiero darle un abrazo enorme y darle las gracias. Porque aunque no sea nada riesgoso para el donante, no todo el mundo lo hace. Hay que tener voluntad y ganas de ayudar”, dice.

Leucemia mieloide aguda

El cuerpo habla y, cuando no se lo escucha, grita. Gustavo se despertó un día y le dijo a su novia, la médica Karina Medina, que le pidiera unos análisis de rutina. Hacía tiempo que tenía síntomas dispersos y -en principio- nada específicos: febrícula nocturna, forúnculos (infecciones en la piel), dolor abdominal, cansancio… “jamás te podés imaginar el diagnóstico, pero investigás y todo está relacionado”, dice la novia, médica, consejera y compañera. Los primeros análisis mostraban solamente plaquetas bajas, pero nuevos estudios y consultas le dieron la noticia: leucemia mieloide aguda (LMA).

“Es un tipo de cáncer que produce la proliferación excesiva de glóbulos blancos, todos inmaduros, que a su vez impide a la médula generar glóbulos rojos. Lo normal es tener entre 6.000 y 9.000 blancos; Gustavo tenía 30.000 y hay gente que llega a tener un millón”, explica Graciela Ávila, responsable del equipo de aféresis del Banco de Sangre. La terapéutica actual inicia con quimioterapia, esperando la remisión de los glóbulos blancos inmaduros. Si funciona y no hay recaídas a los dos años, se espera que la mejora sea de por vida. Pero si vuelven a dispararse, se apunta al trasplante de médula. “Cuando te suena la palabra cáncer, leucemia, el mundo te viene encima y comenzás a preguntarte por qué te tocó a vos…”, confiesa Gustavo. También dice que a esa pregunta todavía no se la ha respondido. Pero es lo de menos. Lo que importa es seguir adelante.

Su enfermedad tenía nombre y apellido. Ahora tocaba explicárselo a sus padres. “Yo empecé a usar barbijo porque tenía que cuidarme de las infecciones. Ahí mis viejos se dieron cuenta de que la cosa era complicada, y peor cuando leyeron en el consultorio ‘oncohematología’. La doctora les explicaba con los términos médicos… ellos necesitaban saber si yo tenía cáncer”, recuerda. Hasta empezar con la quimioterapia, y después también, a Gustavo lo tuvieron que meter en una “caja de cristal”. Con las defensas nulas, era propenso a infectarse con cualquier virus, hongo o bacteria. “Su mamá me preguntaba a mí qué podía hacer por él y yo se lo dije: mantener la casa impecable, esa era su tarea. Desde ese momento y hasta el día de hoy, la mujer no se volvió a enfermar nunca. Ni un resfrío. Así se tomó la responsabilidad”.

La quimioterapia daba resultado. Las células comenzaron a volver a sus cabales y a cumplir sus funciones. A Gustavo se le renovaba la fe, aunque su sistema inmune seguía deprimido. Pero a fines de 2012, volvió el terror. Una fuerte recaída lo empujaba hacia la única alternativa viable: el trasplante de médula ósea. “Ahí sí lloré. Por primera vez desde el diagnóstico lloré y tuve mucho miedo”.

La palabra trasplante suena brava. Lo primero que viene a la cabeza es una operación inmensa, de altísimo riesgo. Y si trasplante se combina con médula, la imagen mental es más cruda todavía. “Ahí aprendí que la médula ósea no es lo mismo que la médula espinal. Yo me imaginaba una operación de columna pero no tiene nada que ver. El trasplante es como una transfusión. Es ‘vida en sachet’, como dijo un amigo”, tranquiliza Gustavo. En condiciones recibir el trasplante, faltaba la parte más complicada: conseguir donante.

El alma gemela

“Tiene que ser una persona con el mismo código genético que el paciente. Por eso algunos le llaman ‘el alma gemela’, y puede estar en cualquier parte del mundo. Los pacientes con hermanos tienen una chance más, aunque pequeña: en el 25% de los casos se encuentran donantes en la familia. El restante 75% tiene que buscarlo afuera”, explica Ávila. “Pero como a mí siempre me toca bailar con la más fea, soy hijo único -continúa Gustavo. Entonces teníamos que buscar en la Red Mundial de donantes, donde las posibilidades de encontrar alguien compatible son 1 en 40.000. Es como si en la cancha de Atlético, con toda la tribuna y el campo de juego llenos de gente, pudieras encontrar una persona genéticamente compatible”, compara

Recién ahí, Gustavo entendió la importancia de que el mayor número de personas posible engrosen ese registro, una red donde se archivan y entrelazan los mapas genéticos de todas las personas que se inscribieron como donantes.

La búsqueda internacional de donantes llevó cuatro meses. Mientras tanto, a Gustavo había que mantenerlo con vida (“estirar”, dice él), con quimioterapia. En julio de 2012 ya había un donante, pero más complicaciones demoraron la intervención: una infección ósea le impedía caminar y además ponía en riesgo el trasplante (“no, si a mí me tocan todas…” se ríe). Era cuestión de esperar y mejorar, y de seguir empujando.

Recién el 18 de septiembre de 2013 pudo concretarse el trasplante: 450 cm3 de células progenitoras hematopoyéticas (CPH) llegaron del viejo continente para devolverle la vida. La intervención comenzó a funcionar. “Me ha pasado de todo, pero siempre fue mirar para adelante. Es como una carrera de bicicletas: el banderín de llegada está ahí enfrente y no podés pisar el freno si ya lo estás viendo. Nunca tuve intenciones de tirar la toalla, no sé si porque tengo muchas ganas de vivir o porque le tengo mucho miedo a la muerte. Yo me quedo con la primera”, finaliza.

El registro

El Registro Nacional de Células Progenitoras Hematopoyéticas (CHP) es un banco de datos nacional que recopila la información genética de todos los donantes registrados del país. El registro de nuestro país integra una Red Internacional de Donantes de Médula Ósea (BMDW, por sus siglas en inglés), de la que participan 75 registros de 53 países. Actualmente hay 25 millones de donantes potenciales de CHP en esta red mundial (datos de www.bmdw.org). Cuanto más se amplía el registro y la red, más chances tienen los pacientes de conseguir un donante efectivo.

La inscripción

En nuestro país, para inscribirse en el Registro Nacional hay que donar una unidad de sangre (450 cm3) que será utilizada, una parte para descartar enfermedades y la otra para realizar el análisis genético. Lo que se estudia es el antígeno leucocitario humano (HLA, en inglés). Si el donante está sano, su código genético entra al Registro Nacional y a la Red Internacional, a la espera de que un paciente genéticamente compatible pueda requerir la donación. Inscribirse no equivale a donar. Y los requisitos de inscripción son los mismos que para donar sangre: tener entre 18 y 55 años, pesar más de 50 kilos y estar sano.

La donación

Si un paciente es candidato a un trasplante de médula ósea (o de células hematopoyéticas, para ser más precisos), sus datos genéticos se comparan con los que hay disponibles en la Red Internacional. Si se da una compatibilidad, el potencial donante es contactado para reafirmar su decisión de donar. Ahí aparece un nuevo obstáculo:  además de localizar al posible donante, es necesario hacer nuevos análisis, ya que entre el momento en que se inscribieron y la donación pueden pasar años y haber contraído alguna enfermedad. Cuando se reconfirma como donante, existen dos métodos de extracción de células, decididos por el paciente a partir del asesoramiento médico: desde la médula ósea, una punción en el hueso de la cadera; o desde la sangre periférica, que se realiza por aféresis, con la misma máquina con la que se extraen plaquetas. Ambos métodos son seguros, no tienen riesgo para el donante y él puede volver a su rutina rápidamente.

El transplante

Ni el donante ni el paciente deben viajar al lugar donde está el otro. Para efectuar el trasplante de CPH al paciente primero se le destruyen las células enfermas con quimio y/o radioterapia. Luego se infunden las células del donante (mínimo 450 cm3), las que reemplazarán a las células enfermas de la médula ósea y comenzarán a producir células propias en un plazo relativamente corto (alrededor de 20 días). El paciente pasa al menos 30 días en aislamiento.

DÓNDE DONAR SIEMPRE

BANCO OFICIAL DE SANGRE, Av. Mitre 236, 431-1841. HEMOBANCO SRL, Mate de Luna 1.780, 423-9316/423-2470. CENTRO DE MEDICINA TRANSFUSIONAL, Alberdi 38, 421-2428. HEMOTUC, Jujuy 111, 455-3333. HOSPITAL DEL ESTE- Banda del Río Salí, 426-8400 (int. 8557).

Fuente: http://www.lagaceta.com.ar/nota/635068/sociedad/logro-lo-uno-40000-hallo-donante-medula.html

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