El le salvó la vida en una explosión, ella lo buscó y ahora se encontraron

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El la salvó de la muerte y desapareció. Ella lo buscó prácticamente un día entero. Y ahora volvieron a encontrarse. “Todavía no podemos creer que salimos, golpeados pero sin quemaduras, de ese infierno”, resumieron ante Clarín Agustina Andrada (18) y Sergio Nicolás Izaguirre (también 18), empleados del supermercado chino Zhang Yong que el martes de la semana pasada quedó destruido tras la explosión de garrafas para cargar matafuegos en un taller que no estaba habilitado, en Virrey del Pino.

Las imágenes de aquella tragedia, en la que dos personas murieron –Juan “El Chaco” Stanchef, dueño del taller, y uno de los obreros que trabajaba ahí– y otras 12 resultaron heridas, se suceden una y otra vez en las mentes de Andrada e Izaguirre desde hace poco más de una semana. Ambos dicen que los peores momentos se dan cuando llega la noche y buscan conciliar el sueño. Entonces se suceden los ruidos de la explosión, los vidrios estallando, las llamaradas, los gritos de desesperación, el humo y el olor; ese olor a quemado que les eriza la piel y los sobresalta. Logran serenarse, según cuentan, pensando que ellos ese día tuvieron suerte.

La amistad que comenzó a entretejerse entre ambos está basada en la muestra de heroísmo que Nico supo dar cuando, además de ayudar a Agustina a salir del lugar, decidió protejerla con su propio cuerpo para que los restos de materiales que se desprendían sobre ellos mientras corrían hacia la salida de emergencia, ubicada en el fondo del local, no llegaran a lastimarla. “Me cubrió con su espalda cuando una chapa venía derecho hacia mi cuello: podría haberme matado. Nico me protegió y terminó cortándolo a él”, recuerda Andrada después de la explosión del taller de Manuel Guall al 5800, que la dejó por más mas de ocho horas en observación en una de las salas del hospital Simplemente Evita, de González Catán, hasta donde llegaron los heridos ese día.

“Estaba en el hospital y a cada uno que venía le preguntaba si sabía algo de Nico”, recuerda la joven. “Es que estaba angustiada pensando qué podría haberle pasado. Porque como mi papá también estaba mal herido –era el custodio del supermercado ese día y fue lanzado por la onda expansiva de la explosión hacia la vereda de enfrente–, Nico nos hizo subir a un auto que nos llevó al hospital pero no quiso acompañarnos porque dijo que iba a seguir ayudando a salir a otra gente”, agrega Agustina sin disimular la angustia.

Para buscarlo ni siquiera tenía el apellido del joven repositor, que había empezado a trabajar en el súper hacía sólo dos meses. “Para mí era difícil rastrearlo entre los heridos, así que esa noche llegué a mi casa desesperada, pensando que podía haberle pasado algo malo. La información era confusa y no teníamos idea de dónde vivía, como para ir a su casa”, señaló la chica. Despúes de hablarlo con su padre, quien también estuvo en observación en el Simplemente Evita por los golpes que recibió tras el estallido, combinaron volver a la mañana siguiente al lugar del horror, para ver si conseguían alguna noticia sobre Nico. Regresaban ya a su casa, un tanto desolados por la falta de noticias, cuando ocurrió otra especie de “milagro” en medio del desastre. “Lo vimos a Nico muy campante, en la puerta de mi casa, paradito, agarrándose de la reja”, indicó la chica, entre risas. Y dijo que no se puede explicar con palabras la emoción que sintió al comprobar que estaba sano y salvo nada menos que en la puerta de su hogar.

“Me fui hasta la casa de ellos porque estaba realmente preocupado, sobre todo, por el papá, que había recibido al menos un golpe muy fuerte. Quería saber cómo estaba”, acotó Nico. “Cuando llegué, no había nadie y decidí quedarme a esperar. Al rato, vi a Agustina que se acercaba. Me dio un abrazo enorme”, agregó. Nicolás continuó: “Ella estaba muy asustada, yo me mantuve tranquilo. Creo que es porque no había caído en lo que pasaba. En realidad, aún no caigo. Las llamas que tuvimos delante eran enormes y pudimos salir sin quemarnos”. Como Agustina, él no encuentra la manera de pasar los días sin el ritmo de trabajo. “Me quedé sin laburo y sin la moto, que fue aplastada por una reja. Lo peor es que no sabemos hasta cuándo. El lugar está destruido. Los dueños dicen que algo van a hacer, pero ni saben cuándo. Hay que reconstruir todo”, comentó preocupado.

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