Las diez historias más impactantes sobre los cónclaves papales

Noticias en Tucuman

ROMA.- El cónclave para elegir al sucesor de Benedicto XVI, que presentó su renuncia en febrero de este año, la primera en 600 años, comenzó hoy. Aquí, las diez historias más impactantes en las elecciones de papas.

El cónclave del Terror

El cónclave de 1241 debía elegir el sucesor de Gregorio IX y terminó en la elección de Celestino IV, que fue papa apenas durante 17 días, siendo el tercer pontificado más breve de la historia. Pero el cónclave será recordado por el contexto en que se desarrolló. La muerte de Celestino a tan poco de asumir el cargo tampoco fue casualidad, sino el fruto del agotamiento por el encierro. Es que el cónclave de 1241, bautizado por los historiadores como “cónclave del Terror”, se desarrolló bajo una Roma sitiada por el emperador Federico II, en el marco de otra de las históricas peleas entre el poder político de Roma y el Papado. El sitio, que permitió dejar fuera del cónclave a los cardenales opositores a Federico II, provocó una fuerte división entre los cardenales que sí lograron asistir e impidió que ningún candidato obtuviese los dos tercios necesarios, por lo cual, tras nueve días de deliberaciones, el senador romano Mateo Rosso Orisini ordenó el encierro bajo llave (“cum clavis”) de los diez cardenales en el viejo palacio del Septizonio, en el Palatino romano, a los fines de acelerar la elección. El encierro fue traumático hasta el punto de que dos de los cardenales fallecieron, por lo cual el nuevo Papa fue electo con el voto de los ocho cardenales restantes el 25 de octubre. Sin embargo, el nuevo Papa apenas duró 17 días en su cargo, desde el cual logró excomulgar a Mateo Rosso Orisini, quien no obstante lograría nombrar Papa a su hijo, Giovanni, de 1277 a 1280, bajo el nombre de Nicolás III. La época del terror no terminó con la elección de Celestino. Los cardenales debieron huir de Roma en vistas de una nueva asamblea y la Iglesia quedó descabezada hasta 1243.

El cónclave más largo

El cónclave de 1268 eligió a Gregorio X como nueva cabeza de la Iglesia Católica después de un muy largo cónclave, producto de los enfrentamientos entre las facciones italianas y francesas reunidas en Viterbo para la elección. Tantas eran sus diferencias que se tomaron tres años para zanjarlas, de 1268 a 1271. Pero la paciencia de los eclesiásticos no fue acompañada por el pueblo de Viterbo, que decidieron confinar bajo llave a los cardenales, racionándoles el pan y el agua y destrozando el techo del palacio episcopal para que sufrieran las inclemencias meteorológicas. Para protegerse del frío, los cardenales debieron construir pequeñas chozas de madera. Las crónicas de la época justifican ese gesto afirmando que el cardenal Juan de Toledo aconsejó abrir el techo para dejar entrar al Espíritu Santo. Con o sin él, los quince cardenales decidieron delegar la elección en seis de ellos, eligiendo a Teobaldo, luego Gregorio X, que llegó a Roma desde Palestina (donde estaba luchando en las Cruzadas) el 13 de marzo de 1272 y debió ser ordenado el 19 de ese mes – ya que no era sacerdote – y consagrado papa el 27 de marzo de ese año.

Huir del cónclave

El cónclave de 1314 fue el segundo y último cónclave realizado en territorio francés, específicamente en la ciudad de Carpentras, en el sur de Francia. Pero no sería recordado por su ubicación geográfica sino por otras características. Fue convocado por Felipe V de Francia y contó con la asistencia de 23 cardenales, que debían nombrar un sucesor para el fallecido papa Clemente V, luego de casi dos años en que la Iglesia se encontraba sin máxima autoridad por las divisiones internas entre cardenales italianos, gascones y franceses. Las disputas entre estas tres facciones se trasladaron a sus sirvientes en la calle y los gascones contrataron mercenarios que primero invadieron las casas de los cardenales italianos y luego el mismísimo cónclave, de donde los cardenales debieron huir corriendo para salvar sus vidas. La reunión se postergó hasta 1316 donde cada facción, con menos vehemencia, defendió su propio candidato. Felipe IV envió un grupo de juristas para decidir sobre la cuestión, pero murió mientras tanto. Su hijo, Luis X, envió otra misión para intimidar a los gascones y reorganizar el cónclave en Lyon, pero también falleció en el transcurso de esta operación, y fue Felipe V quien terminó encerrando a los cardenales en el convento de Lyon donde se terminó eligiendo a Juan XXII, el 5 de septiembre de 1316.

¿Habemus Papam?

Al borde de la Segunda Guerra Mundial, el cónclave de 1939 se convocó tras la muerte de Pío XI, dando comienzo a las deliberaciones el 1º de marzo de ese año. Al día siguiente resultó electo el cardenal camarlengo Eugenio Pacelli, después de sólo tres votaciones, convirtiéndose en el cónclave más corto del siglo XX. Pero no a todos les había quedado tan claro quién había sido electo: en primer lugar, durante la segunda votación Pacelli – que además festejaba su cumpleaños – consiguió la mayoría de dos tercios exactos, exigiendo una tercera votación para que no queden dudas. Los cardenales tomaron un descanso entre la segunda y la tercera votación, momento en el cual Pacelli cayó por las escaleras, sin quedar herido de gravedad. La tercera votación lo confirmó como Papa, adoptando el nombre de Pío XII. Sin embargo, aún restaban dudas, especialmente para quienes lo veían de afuera. La chimenea – recién inaugurada y la misma que se usa desde entonces – arrojó a partir de las 5:30 el famoso humo blanco, alertando de la elección de un nuevo Pontífice, pero pronto comenzó a crear confusión cuando se volvió negro. El Secretario del cónclave debió enviar una nota a Radio Vaticano para confirmar que el humo era realmente blanco. El mismo problema ocurrió en la elección de Benedicto XVI en 2005, por lo cual desde entonces se instaló una estufa auxiliar en la que se encienden cartuchos de fumigación. El humo de los cartuchos – negro o blanco – se combina en la chimenea con el humo de los votos quemados, motivo original para la instalación de una chimenea dentro del cónclave.

El cónclave del calor

El cónclave de agosto de 1978 se desarrolló durante el verano y bajo la prohibición de abrir las ventanas de la Capilla para evitar las filtraciones. El calor era casi insoportable y se trataba, hasta la fecha, del cónclave más grande reunido en la historia, con 111 cardenales presentes. Para acomodar a los electores, los tronos con dosel fueron reemplazados por doce mesas largas dentro de la Capilla Sixtina y entre los encargados del escrutinio se encontraba Karol Woktyla, quien no sería electo Papa en ese cónclave, aunque sí ese año. Se trató del cónclave más corto de la historia de la Iglesia. El cardenal León Suenens recordó luego: “Mi celda era una especie de sauna. Es difícil describir qué es dormir dentro de un horno; es suficiente para enfermar a alguien completamente. La única ventana se encontraba herméticamente sellada. El segundo día, con toda la fuerza, rompí los sellos. ¡Finalmente oxígeno! Luego, llegó el gran día. La primera votación ha proporcionado un amplio rango de nombres. En la segunda, se ha reducido un poco. En la tercera, comenzamos a ver la luz del alba y la cuarta votación trajo la plena luz del amanecer : Juan Pablo I ha sido elegido. Enseguida, todos nosotros fuimos a abrazar al nuevo Papa, mientras él exclamaba : “Dios os perdone lo que habéis hechos”. Esta ocurrencia llegó a la prensa, que, equivocadamente, la tomó como un reproche. Luego seguimos a Papa hacia la logia para dar su primera bendición. Luego, él regresó para cenar con nosotros y ha tenido tiempo para charlar con cada uno. A los postres, un cardenal americano ha pedido al nuevo Papa permiso para fumar, algo contrario al protocolo. El Papa parecía muy solemne; tenía todos en vilo, mientras pensaba un poco la cosa; finalmente dijo : “Eminencia, Ud. puede fumar, con una condición : ¡el humo tiene que ser blanco !” Naturalmente, hubo muchas risas”.

El Papa electo entonces fue Albino Luciani, que tomó el nombre de Juan Pablo I. Sin embargo, murió apenas unos meses después, el 28 de septiembre de ese mismo año, obligando a los cardenales a volver al cónclave en octubre de ese año. 1978 se convirtió en uno de los tantos “Años de los tres Papas”, fenómeno que ocurrió en otras once oportunidades y que no ha vuelto a ocurrir desde entonces.

La conspiración de 1458

Pío II fue electo por el cónclave de 1458, y gracias a sus memorias se tiene conocimiento de las internas de dicha elección. El primer escrutinio se llevó a cabo el 18 de agosto. A partir de entonces, el cardenal francés d´Estouteville comenzó una campaña por su propia candidatura, prometiendo cargos al cardenal de Avignon y a los griegos. Sin embargo, esa noche, los cardenales italianos – a excepción de Prospero Colonna – se reunieron en las letrinas del palacio apostólico para organizar una trama favorable a Piccolomini, luego llamado Pío II. Al día siguiente, el 19 de agosto, el francés d´Estouteville, convencido de que sería electo Papa, se llevó una sorpresa: recibió solo seis votos (incluido el del inquisidor cardenal Torquemada), aunque Piccolomini tampoco accedió a los dos tercios. Entonces se abrió la instancia de “accessus”, que permite a los electores cambiar su voto en el momento. Tras un largo silencio, Rodrigo Borgia se levantó y cambió su voto a Piccolomini. Rápidamente, los partidarios del cardenal francés intentaron levantar la votación pero el cardenal Tebaldi también modificó su voto, generando un voto en cadena que permitió nombrar papa a Pío II.

Un dicho recorre todo cónclave papal: “quien entra Papa sale cardenal”, y refiere a que generalmente los grandes candidatos a priori suelen tener mala suerte a la hora de ser electos. La regla parece también confirmar lo contrario: que quienes ingresan con pocas chances suelen tener grandes probabilidades. Así lo comprobó el polaco Karol Woktyla en su segundo cónclave de 1978 (ver 5), quien saldría de allí con el nombre de Juan Pablo II y un papado de casi 27 años. Pero antes de entrar, lejos estaba de sus pretensiones convertirse en papa y su arribo da cuenta de ello. El cardenal polaco llegó último y tarde al cónclave porque su auto se averió, y pudo no haber llegado nunca de no haber sido por un camionero que lo levantó de la ruta y lo dejó exactamente en la Plaza de San Pedro.

La paloma de Fabián

Aunque técnicamente no era considerado aún un cónclave – pues las reglas para un cónclave serían establecidas siglos después – en el año 236 fue electo el vigésimo papa de la Iglesia católica, de nombre Fabián. Fue elegido durante las persecuciones contra los cristianos ordenadas por el emperador Decio y su elección quedó retratada por el historiador Eusebio de Cesarea en su obra Historia de la Iglesia. Efectivamente, se trató de un designio divino: Fabián, un granjero laico, se encontraba accidentalmente en Roma como simple espectador de la elección papal cuando una paloma se posó en su cabeza, hecho interpretado como una señal directa del Espíritu Santo. El hombre fue ordenado, simultáneamente, como sacerdote, obispo y finalmente Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

El cónclave mortífero

El cónclave con más muertos entre sus miembros se desarrolló entre el 4 de abril de 1827 y el 22 de febrero de 1828: seis de los dieciséis cardenales resultaron muertos – se cree que debido a la malaria – antes que terminen las deliberaciones. Los electores restantes – salvo por Girolamo Masci que se quedó en la basílica de Santa Sabina – salieron de Roma y eligieron a Masci como Pontífice. Sin embargo, este no aceptó hasta que resultó reelecto el 22 de febrero, adoptando el nombre de Nicolás IV. Se creyó, en su momento, que había sobrevivido gracias a que mantuvo encendido un fuego en su habitación que lo purificó de los vapores pestilentes.

Una serie de eventos desafortunados

El cónclave de 1378 fue el primero realizado en la sede de Roma después del llamado Papado de Avignon y tuvo como causa inmediata el Cisma de Occidente, el período de división de la Iglesia Católica donde hasta tres papas al mismo tiempo se disputaron la autoridad eclesiástica. Poco antes de morir, Gregorio XI aflojó los requisitos para la elección, consciente de la partición de los cardenales en facciones: el proceso de elección debía empezar inmediatamente en lugar de esperar los nueve días posteriores a su muerte; el cónclave podía realizarse fuera de Roma si fuera necesario y podría moverse tantas veces como se necesite; y, finalmente, se suspendía el requisito de los dos tercios sustituyéndolo por el de la mayoría simple. La votación estuvo dividida, a pesar de los deseos de Gregorio, entre los cardenales italianos, los de Limoges y los franceses. A pesar de las diferencias lograron ponerse de acuerdo en votar a Bartolomeo Prignano, en una elección unánime salvo por el voto de Giacomo Orsini. Prignano fue acompañado por otros prelados, para ocultar la identidad del elegido hasta nombrarlo, al Vaticano. El pueblo romano, temeroso de que se nombre a un francés y el papado vuelva a Francia, se concentró en la entrada del cónclave al grito de “romano lo volemo” (romano lo queremos”) y “al manco italiano” (“al menos italiano”). Cuando el cardenal Orsini se dirige al pueblo gritando “Id a San Pedro”, la multitud creyó que el elegido fue el cardenal de San Pedro, el anciano Tebaldeschi. Pero otro cardenal intenta subsanar el error gritando “Bari, Bari”, por la ciudad de origen de Prignano”, y el pueblo romano supone que el elegido ha sido el cardenal francés Jean de Bar, lo que provoca el asalto del Vaticano y que los cardenales presenten a Tebaldeschi como nuevo pontífice por temor a su seguridad personal. Pronto comienza a correrse el rumor de que todo se trata de un engaño y el pueblo romano rodea la sede donde se encontraban los cardenales, situación que se normaliza con la aparición de Prignano, que es entronizado como Urbano VI. En septiembre, sin embargo, los frances se reúnen en Avignon y eligen a su propio Papa: Clemente VII, dando lugar al Cisma de Occidente.

Télam.

Deja tu Comentario:

comentarios: