Los niños cantores de la Caja Popular se reencontraron gracias a las redes sociales

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En una gran nota que realizo La Gaceta de Tucuman, en mención a una parte de la historia de los niños cantores y su paso por la Caja Popular de Ahorros de la provincia, institución a cargo hoy de Armando Cacho Cortalezzi. Los invitamos a leerla y conocer un poco mas sobre las anécdotas que esta institución guarda. 

Los números no se van más de su cabeza: 6.45, el horario de entrada; 013, la tarjeta con la que marcaba su llegada y salida, cuatro veces al día; 200 personas, la audiencia para el que montaban este “show” donde se mezclaban la esperanza y la inocencia; 45.000, las bolillas que cada día tenían que ordenar con sus compañeros. Y, por encima de todos los números, el 11: la edad con la que entró por primera vez a la Caja Popular de Ahorros, su primer trabajo.

Benjamín Paz es uno de los tantos niños cantores que crecieron de golpe, que entre los 9 y los 14 años tuvieron un trabajo en relación de dependencia, con un sueldo que en ocasiones superaba al salario de sus padres. Los bolilleros -eslOS e era el nombre oficial de los “niños cantores de la Lotería de la Caja Popular”- coinciden en algo: tuvieron una infancia diferente a la del resto de los chicos de su edad, quizás se perdieron de algunas cosas, pero también ganaron la posibilidad de haberse hecho hombres siendo niños, a enfrentarse a los avatares de la vida con firmeza y, sobre todo, a trabajar duro.

Para todos ellos, aquel primer empleo los signó de por vida. Y muchos años después de la desaparición de la figura del bolillero, ellos decidieron que sus vidas debían volver a cruzarse. La historia tiene sus paradojas y sus revanchas: lo mismo que los puso en extinción, ahora los vuelve a unir. Y es que se reencontraron gracias a las redes sociales, por donde comenzaron a rastrearse y a descubrir que todos tienen algo en común. A partir de Facebook, un grupo de WhatsApp y después los asados que comenzaron a reunirlos en carne y hueso, decidieron instituir el Día del Niño Cantor. Es hoy, 25 de noviembre, conmerando el primer sorteo de la Lotería de la Caja Popular, que fue en esa misma fecha pero en 1915.

“Los niños cantores teníamos una jornada de ocupación de alrededor de 18 horas diarias. Teníamos un horario y una tarea que cumplir: ingresábamos a las 6.45 y salíamos a las 13, una hora antes que los demás empleados, porque teníamos que ingresar a la escuela a las 14 hasta las 18 horas. Luego, a la casa a hacer las tareas y estudiar, y a las 21 de nuevo a la Caja para el canto de la Quiniela”, describe Adán Martínez, uno de los motorizadores de este reencuentro.

“Guerreros de la vida”

Muchos de ellos hicieron carrera en la Caja. Uno de los casos emblemáticos es el de Benito Crespín Pérez, quien ingresó a los 9 años como bolillero y falleció a los 58 como presidente de la institución. Por esas oficinas y pasillos todavía quedan empleados que fueron niños cantores, entre ellos Víctor Quintana, que hoy es el empleado más antiguo de la Caja con 52 años de servicio.

“Yo entré por insistencia de mi madre, a los 9 años, a acomodar las bolillas y después a cantar en los sorteos de la noche. Teníamos un buen sueldo, yo cobraba más que mi mamá que era empleada de la Universidad y que mi papá, que era policía. De eso me enteré muchos años después, porque todo el sueldo iba a una caja de ahorros que administraban nuestros padres. Mi paga era ir los sábados al cine, a comer un sánguche y después volver a entrar al cine”, cuenta Quintana. “Con los años empezaron a escucharse voces que hablan del trabajo infantil, que se vulneraban derechos de los niños… pero nosotros nos hicimos hombre de bien con ese trabajo, yo no conocí un niño cantor que no haya tenido durante toda su vida la cultura del esfuerzo”, agrega el ahora gerente de Mantenimiento Técnico de la Caja.

Otros se fueron de la Caja, pero se quedaron con el aprendizaje. Daniel Hourcade, hoy entrenador principal de los Pumas, sostiene que esa experiencia forjó su personalidad para siempre. El entró en el año 1971, un mes después de que su padre falleciera dejando a su familia en una delicada situación económica que el logró revertir cantándole al azar.

El 27 de junio de 2011 fue el último sorteo de los bolilleros. Es cuando se incorporan los globos totalmente automatizados y desapareció la figura del niño cantor. Durante años estos “guerreros de la vida”, como los describe Martínez, estuvieron desperdigados. Hasta que la misma tecnología que los hizo desaparecer, los volvió a reunir.

De la redonda a la ovalada

Por Daniel Hourcade

La vida, a veces y por cuestiones imprevistas, te lleva a tener que cambiar absolutamente el rumbo en el que venías. Ese fue mi caso y el de varios de los que tuvimos el honor de haber sido bolilleros. No interesan los motivos, pero es claro que empezar a trabajar desde niño no es algo tan natural, o no debería serlo.

En esas edades lo natural es estudiar y jugar. A nosotros nos tocó lo mismo, pero le tuvimos que agregar trabajar. Uno piensa que eso hizo que uno no la pasara bien, pero trabajar de bolillero no era pasarla mal, porque igualmente jugábamos y hacíamos travesuras además de nuestras tareas: todos los días se armaba el “fulbito” o la guerra de bolillas… lo mismo que cualquier chico, pero en un ámbito diferente, en el cual éramos más que protegidos, muy mimados por nuestros superiores.

Fue una etapa de mi vida muy linda, a la que recuerdo con inmenso cariño, y de la que estoy muy orgulloso. Hice amigos para toda la vida, a la vez que tenía el privilegio de poder ayudar a mi familia. Aprendí desde muy niño a salir adelante, a no estancarme por nada, me ayudó a forjar una personalidad, a no quedarme en el lamento de lo malo sucedido, simplemente porque la vida continúa, siempre continúa. Es algo que todos aprendemos con el tiempo, pero nosotros lo aprendimos desde niños.

Uno no se daba cuenta en ese momento de lo que hacía, o lo que dejaba de hacer. Trabajar todos los días desde las 6.45 hasta las 13.30, luego ir al colegio desde las 14 hasta las 18.30, estudiar rápidamente porque a las 20 teníamos que volver para cantar los sorteos de la Tómbola, regresar a las 23 a tu casa… Suena a injusto para un niño, pero nunca sentí que fuera así, era lo que me tocaba y lo hacía con naturalidad; no escuché a ninguno de mis compañeros quejarse de la situación, todo lo contrario.

No tuve que resignar nada, sólo algo de tiempo, pero seguí estudiando, seguí teniendo y compartiendo mi familia y mis amigos de siempre, seguí jugando rugby, que ya desde esa época era mi pasión. Sólo acrecenté mi número de amigos, con los que compartíamos momentos especiales. Quizás maduramos antes de tiempo, pero eso no fue malo.

Cuando el tiempo pasa tomás conciencia de lo que pasó, de lo que hiciste, y ahí entendés un poco la tristeza en la cara de tu mamá cuando volvías a casa, siempre apurado para cambiarte y seguir con las actividades. Claro, cómo no iba a estar triste, si lo que cualquier madre quiere es que sus hijos disfruten la infancia y la adolescencia y no estén llenos de responsabilidades, no es edad para eso. Con el tiempo se entiende, pero en esos momentos no, porque yo disfrutaba mucho y puedo decir que eso me dio muchísimo de lo que hoy soy y de cómo soy.

Sin darnos cuenta nos estuvimos preparando para afrontar cualquier adversidad. No iba a ser fácil hacernos torcer el brazo, no a los bolilleros, porque nos acostumbramos a pelearla día a día desde temprano y hasta tarde, y no dejábamos nada de lado. Si no estabas bien en los estudios nos retaban como a cualquier niño, pero no sólo en casa, sino también tus jefes, que nos educaron y de la mejor manera.

¿El haber sido bolillero te marca? Claro que te marca, y muy fuerte, porque sin darte cuenta aprendés y lográs muchas cosas y de manera natural. No dramatizás situaciones que no lo ameritan, entendés que si pretendés algo, para lograrlo, se necesita un esfuerzo, que nada se consigue sin trabajo y que conseguirlo, o intentarlo, te alimenta el alma. Hace que valorés sobremanera lo poco o mucho conseguido, valorás cada cosa que conseguís porque nada te resultó fácil, pero tampoco fue dramático, ni feo ni malo; fue bueno y grandioso.

En lo personal fue una experiencia extraordinaria. Esta vivencia, más los valores que me fueron transmitidos en el deporte que llevo en la sangre, el rugby, me ayudaron a cumplir grandes sueños, no sin antes haber tropezado, y con muchos obstáculos; pero estaba preparado para pasarlos; eso me lo enseñó el ser bolillero y me lo enseñó el rugby. No sólo no reniego de lo que me tocó vivir, sino que me siento un privilegiado y estaré eternamente agradecido, porque no dudo que sin haber pasado por esta situación, muchos de mis sueños ya cumplidos hubieran quedado en el olvido.

Celebro que hayan puesto una fecha conmemorativa al bolillero, el 25 de noviembre. Fuimos muchos los que vivimos esta etapa y creo que todos coincidimos en que faltaba algo así. Lamentablemente, por mis actuales actividades, me encuentro fuera del país y no podré estar en esta primera vez, desde la distancia, pero con mi corazón muy cerca de todos, estaré presente.

Víctor Quintana
a los 9 años entró como niño cantor y ahora es el empleado más antiguo. En 1962 la Caja organizó un concurso de folclore entre alumnos de primaria. Allí participó Víctor Quintana, que el día de la final fue acompañado por su madre. Decidida, la mujer habló para que su hijo entrara como bolillero, y lo consiguió. Hoy Víctor Quintana es el empleado de mayor antigüedad de la Caja: tiene 52 años de servicio y 61 de edad.


La historia de Víctor Quintana

A los 9 años entró como niño cantor y ahora es el empleado más antiguo. En 1962 la Caja organizó un concurso de folclore entre alumnos de primaria. Allí participó Víctor Quintana, que el día de la final fue acompañado por su madre. Decidida, la mujer habló para que su hijo entrara como bolillero, y lo consiguió. Hoy Víctor Quintana es el empleado de mayor antigüedad de la Caja: tiene 52 años de servicio y 61 de edad.

El bolillero que llegó a presidente

El 30 de diciembre de 1972 dejó una postal histórica. Ese día fue el sorteo extraordinario de la Caja Popular y un niño cantor le entregó el número ganador a Benito Crespín Pérez, entonces presidente de la institución. Fue inevitable que se viera reflejado en ese chico de delantal blanco, que con todo respeto se dirigía a él. Es que Crespín Pérez fue el primer y único bolillero que llegó a dirigir la Caja.

Fuente: http://www.cachocortalezzi.com/los-ninos-cantores-de-la-caja-popular-se-reencontraron-gracias-a-las-redes-sociales/

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